Tuesday, November 21, 2006

El cajón de sastre de Miguel Angel Granados Chapa.

El que tenga oídos para oír, que oiga; y el que tenga ojos para ver, que vea: piénsese lo que se piense de Andrés Manuel López Obrador y sus iniciativas de resistencia a lo que juzga una imposición, no se desatienda ni desdeñe la presencia permanente de una multitud en torno suyo. Su significado político, y humano, exige un ejercicio de comprensión más allá de los prejuicios y la pereza. Allá quien suponga que se trata de masas manipuladas, resultado de un clientelismo trasnochado, o de acarreos que no sólo implica organizar el transporte sino hasta pagar una dieta por la asistencia. Es posible afirmar que, después de innumerables citas en el Zócalo, y cuando no está ya viva la esperanza de una victoria formal, sino en los tiempos de la adversidad, el ánimo de la gente se mantiene en alto, no decae. Y eso no se puede simular ni pagar. Cabe, eso sí, desde las filas adversarias a López Obrador, sentir conmiseración por el escaso nivel ético y político de sus seguidores. Pero pensarlo sólo retrata a quienes lo piensan.

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